Caleb | Su Lucha

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Caleb – Su Lucha

1. LA PETICIÓN
Hacía 45 años que el pueblo se había acobardado frente al reto de conquistar la tierra prometida, debido al reporte de los diez espías que argumentaban: “También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos” (Nm.13:33). Al final, la nueva generación ya había entrado en la tierra y hacía siete años que venían luchando por conquistarla completamente. Ahí aparece en escena, una vez más, Caleb. Este hombre se pone al frente del pueblo y del líder Josué. Presenta una petición muy llamativa: “…Tú sabes lo que Jehová dijo a Moisés, varón de Dios, en Cades-barnea, tocante a mí y a ti… Moisés juró diciendo: Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios. Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años… Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho. Josué entonces le bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón por heredad. Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel. Mas el nombre de Hebrón fue antes Quiriat-arba; porque Arba fue un hombre grande entre los anaceos. Y la tierra descansó de la guerra” (Jos.14:6, 9-10, 12-15). Al llegar a los 85 años de vida tenía razón de sobra para descansar de sus campañas y exigir simplemente que le entregaran un lindo y tranquilo rincón ya conquistado. Seguramente nadie se lo hubiera negado. Pero no es así. Sigue firme en la lucha. Pide que se le dé una zona montañosa donde Hebrón era la ciudad principal, a unos 32 kilómetros al sur de Jerusalén. No era cualquier región, no era cualquier ciudad. ¡Era nada menos que la región de los anaceos, los gigantes que hicieron llorar de angustia al pueblo entero cuando se enteraron de su presencia! Esos gigantes vivían en la zona montañosa al oeste del Jordán, donde ya la geografía de por sí hacía difícil la conquista, sin mencionar lo poderosos que eran. Si nos recordamos el tamaño de Goliat y el peso de la armadura que llevaba, fácilmente nos podremos imaginar lo que habrá sido tener que enfrentar a un pueblo como el de ellos.

¿Por qué Caleb eligió justamente esta tierra? Existen 3 razones: buscaba el lugar de la experiencia con Dios, de la comunión con Dios y de las promesas de Dios.

a) Buscaba el lugar de la experiencia con Dios

Uno podría decirle a Caleb: “¿No te esforzaste y sufriste lo suficiente? Deja que lo hagan los más jóvenes. Disfruta del resto de tu vida con tranquilidad y paz”. Pero esta no era la actitud de Caleb. Él era consecuente con su testimonio. No eran meras palabras las que dijo al volver de espiar la tierra: “Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis” (Nm.14:8,9). Él tenía la fe y la iniciativa para conquistar la tierra. Y ésta era la petición que hizo.

Algunos son muy rápidos de lengua en prometer hacer muchas cosas, pero cuando les toca cumplirlas salen corriendo. Justamente éste fue el caso de Pedro. Le dijo a su amado Maestro que estaba dispuesto a ir con Él a la cárcel o inclusive hasta la muerte si fuera necesario. Pero, sólo un poco tiempo después, lo estaba negando frente a una criada. Muchos son los que dicen lo que habría que hacer para que la situación de la iglesia mejore, pero cuando se les pide que lo hagan, se esconden detrás de excusas. Caleb no era así. Él había experimentado a Dios al recorrer la tierra. Lo había experimentado al dar testimonio de ella y tener que enfrentar al pueblo entero, pero también quería experimentar al Señor en la conquista de la misma. ¡Cuántas preciosas experiencias con Dios se pierden aquellos que no se dejan involucrar en la obra de Dios! Sin lugar a dudas habrá luchas y problemas, pero la experiencia de ver a Dios actuar en medio de todo eso y dar fruto es algo que hace ver insignificante la oposición que pudo haber existido. La experiencia de caminar con Dios es algo único que el que lo ha experimentado no querrá perder por nada en este mundo. ¡Haz lo mismo y experimentarás a Dios!

b) Buscaba el lugar de comunión con Dios

¿Por qué Caleb quería Hebrón a toda costa? Si había preciosas y fértiles llanuras, lugares donde había leche y miel, ¿por qué no elegir la bella llanura de Sarón o la fértil llanura del Jordán? ¿Por qué elegir un lugar escarpado, montañoso y además muy defendido por poderosos enemigos?

Hebrón significa “comunión”, “unión”. Era el lugar donde Abraham había levantado su tienda y, de tanto cultivar la comunión con Dios, fue llamado “amigo de Dios” (Gn.13:18). Caleb buscaba este lugar de comunión y unión cercana con Dios. No es que Caleb no pudiera tener comunión con Dios en otro lugar. De hecho, es evidente que sí la tenía. Pero quería estar en el lugar donde Dios ya se había manifestado, donde había crecido espiritualmente su ancestro Abraham. Fue en este lugar que Abraham fue justificado por la fe que tenía (Gn.15:6), y en donde tuvo un diálogo fluido con el Señor. Él anhelaba este lugar de reunión con Dios. Le pasaba como a los hijos de Coré que cantaban: “¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová. Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo… Bienaventurados los que habitan en tu casa; perpetuamente te alabarán” (Sl.84:1, 2,4). Y sigue diciendo: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; verán a Dios en Sión” (Sl.84:5-7). ¿No tenemos ahí la clave del poder de Caleb? En la comunión con el Señor, en Su presencia, recibía la fortaleza para soportar tantos problemas y enfrentar a los más poderosos enemigos. Ahí se encuentra la clave para una vida victoriosa. Esta vida sólo es posible en el lugar de comunión con el Señor. Pero para esto hay que tomar una decisión. Tiene que haber una prioridad. En su momento, Lot eligió la fértil llanura del Jordán donde se encontraban las ciudades de Sodoma y Gomorra, cuya perversión tan grande las llevó a la destrucción. En cambio, Abraham se quedó, justamente, en la zona de Hebrón (Gn.13). La elección de los hijos de Coré fue: “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios que habitar en las moradas de maldad. Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad. Jehová de los ejércitos, dichoso el hombre que en ti confía” (Sl.84:10-12). Esta fue la experiencia de Abraham, de Caleb y de muchos otros, pero también puede ser la tuya. Para eso se requiere una decisión: “quiero estar en la presencia de Dios”; “voy a buscarla a toda costa, y va a ser mi prioridad”. Por esto Dios te pregunta: ¿no estarás descuidando tu altar diario, ese tiempo de comunión a solas con el Señor estudiando la Biblia y orando? ¿Realmente amas el estar en la casa de Dios, en el lugar de reunión y comunión con Dios y otros hermanos? Existen muchas cosas que fácilmente nos quitan la vista de estos dos aspectos de la comunión con Dios. Pero cuanto más los descuidemos, menos tendremos el poder que experimentaba Caleb y la bendición que obtuvo Abraham.

c) Buscaba el lugar de las promesas de Dios

Así como Hebrón fue el lugar de comunión con Dios de Abraham, también lo fue de las promesas y del pacto de Dios. Fue en este lugar que Dios hizo el pacto con Abraham prometiéndole una descendencia tan numerosa como las estrellas en el cielo (Gn.15:5) y también le garantizó esta tierra como heredad (Gn.15:7). Era nada menos que la tierra de la promesa. Como ya vimos, Caleb confiaba en Dios y sus promesas. A éstas Dios había añadido una más, la cual se refiere, específicamente, a esta región y al pueblo de gigantes que la habitaba: “Oye, Israel: tú vas hoy a pasar el Jordán, para entrar a desposeer a naciones más numerosas y más poderosas que tú, ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; un pueblo grande y alto, hijos de los anaceos, de los cuales tienes tú conocimiento, y has oído decir: ¿Quién se sostendrá delante de los hijos de Anac? Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti; y tú los echarás, y los destruirás en seguida, como Jehová te ha dicho” (Dt.9:1-3). ¡Qué promesa tan extraordinaria! Como llama de fuego en medio de un bosque de pinos, así el Señor iba a actuar en contra de estos gigantes. Ésta era la promesa en la cual confiaba Caleb. Él quería ver cumplirse esta promesa. Quería ser partícipe de este cumplimiento. Quería estar en el lugar de la promesa.

¡Nos perdemos tantas bendiciones por no buscar y aplicar las promesas de Dios a nuestra vida! Caleb no las quería perder, y no las perdió. Se aferró de las promesas de Dios como Jacob cuando luchaba con el Señor, y las obtuvo.

2. LA OPOSICIÓN

Como ya vimos, Hebrón significa: “comunión”, “unión”. Pero antes se llamaba Quiriat-Arba que significa: “ciudad de Arba”, el cual fue el padre de esta raza de gigantes. Fue fundada antes del tiempo de Abraham y se encontraba en la zona montañosa, al oeste del Mar Muerto. Por ahí vivió Abraham un buen tiempo, y también fue allí donde sepultó a su esposa en la cueva de Macpela (Gn.23:2-20). Allí también vivieron cierto tiempo Isaac y Jacob. Era la ciudad más elevada de la zona, con 927 metros sobre el nivel del mar.

Hebrón es un símbolo de lo que Dios puede y quiere hacer en la vida de cada persona que esté dispuesta a enfrentarse en la lucha con los gigantes interiores.

El pueblo había sido rescatado de la esclavitud egipcia y ahora se encontraba en la tierra prometida, disfrutando sus bendiciones. Pero todavía existían enemigos allí que tenían que ser eliminados, tierras que todavía faltaban ser conquistadas.  Caleb recibe el apoyo de Josué para conquistar esta ciudad. La ciudad es conquistada y en vez de ser la Quiriat-Arba – la “ciudad de Arba”, el padre de esta raza de gigantes – pasa a llamarse Hebrón, o sea, “comunión, unión”. ¡Vaya qué cambio! Antes era una ciudad de gigantes, una ciudad que infundía miedo. Era bélica y, como tal, saturada por la maldad. Pero cuando fue derrotada se convirtió en una ciudad de comunión. Pero no sólo esto, sino que se transformó en una “ciudad de refugio” (Jos.21:13b; 1 Cr.6:56). Las “ciudades de refugio” eran 6 localidades distribuidas estratégicamente por todo el territorio de Israel. Tenían la función de proteger a las personas que, por accidente, habían dado muerte a alguien. Estas personas se podían refugiar allí del vengador de sangre que, como se acostumbraba en aquél entonces, iba detrás del homicida para vengar al pariente muerto. En esa ciudad de refugio estaba protegido hasta que el asunto era juzgado.

Tenemos en esta historia un precioso paralelo con la vida cristiana. Josué significa “Salvador”, al igual que Jesús. Una vez salvos por la sangre de Jesús, ya tenemos la promesa de la vida eterna, ya tenemos una nueva vida. Empezamos a caminar en el camino del Señor y a gozar de las bendiciones de pertenecer a la familia de Dios. Pero, aunque seamos creyentes, pueden seguir existiendo lugares que todavía no pasaron al dominio del Señor. Existen gigantes que nos infunden miedo, nos causan problemas y todavía tienen bajo su domino algunas áreas de nuestra vida. Lógicamente, esto no sólo quita la posibilidad de más bendiciones, sino que es una fuente continua de conflictos, divisiones y deshonra para el nombre de Dios.

¿Quiénes son estos hijos de Anac que creaban tanta oposición? Eran tres gigantes llamados: “Sesai, Ahimán y Talmai” (Jos.15:14), y como paralelo, me quisiera referir a tres gigantes que tienen que ser quitados de la vida de los creyentes.

a) El gigante del orgullo

Es interesante que Anac signifique: “cuello largo” o “largo de cuello”. Miraban a los demás siempre desde arriba, en sentido literal. Pero lamentablemente, todavía existen muchos creyentes de “cuello largo” que se ven como superiores a los demás. Demuestran su orgullo y egocentrismo en sus actitudes, palabras, gestos, ropa que usan, amigos que frecuentan, etc. Quisiera hacerte una pregunta bien práctica. De los hermanos de la iglesia, ¿cuáles son con los que buscas tener más cercanía? ¿Son los de mejor posición social, poder adquisitivo, los de mayor influencia, buena presencia o los populares? ¿O son los que tienen lo justo para vivir, los humildes, los que son despreciados por los demás? Está claro que podemos y debemos buscar una buena relación con todos, pero muchas veces nos dejamos llevar por los parámetros que busca el mundo. Pregúntate, el domingo pasado, después de la reunión, ¿con quién te quedaste hablando? ¿Ya invitaste a tu casa al hermano más pobre de tu iglesia, a ése que no podrá retribuirte el favor? Si todavía no lo has hecho, quizás tengas un “cuello largo”. No es en vano que Santiago, en su carta, dedica trece versículos para tratar el tema de la parcialidad. Lo introduce diciendo: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas” (Stg.2:1) Luego pone el ejemplo de la entrada a la reunión de un hombre pobre y de uno rico. Enseguida se busca la cercanía del rico y el pobre es despreciado. El juicio de un Dios que no hace acepción de personas es tajante: “si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores… Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg.2:9,13).

Puede ser también que el orgullo se manifieste en tu carácter irascible o susceptible. Apenas no te tienen en cuenta o te pasan por alto, ya pones el grito en el cielo, o te retraes herido, no queriendo hablar ni ver a nadie. Quizás tu carácter irascible hiera a muchas personas. Entonces, ¡entrégalo al Señor! Así habrá un gigante menos que lastime a los demás.

El orgullo, o la vanidad, es un gigante que a muchos siervos ha hecho perder el fruto de su ministerio. Da tanta pena ver a siervos de Dios alardeando con el tamaño de sus iglesias, el impacto de sus actividades, etc. Aunque realmente hayan sido bendecidos en estas u otras áreas, deberían tener presente que el apóstol Pablo decía que no importaba tanto quién haya sembrado o quién haya regado la buena semilla. El que merece todo el honor es el Señor, porque sólo Él da el crecimiento. Una vez, un hombre de ciudad salió a caminar por los campos de trigo con un campesino. Al ver las espigas, observó que había de dos tipos. Unas estaban bien derechas hacia arriba y otras inclinadas hacia abajo. Le dijo al campesino: “Seguro que estas espigas que están inclinadas no sirven, pero sí las que están derechitas”. El campesino, simplemente arrancó una de cada una. Al frotar la que estaba inclinada, salieron a la luz una gran cantidad de granos. En cambio, la que había estado bien derecha estaba vacía. Así también es con el orgullo y la humildad. La humildad trae fruto, pero la vanidad es juzgada. La Biblia dice: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1P.5:5b).

b) El gigante de la avaricia

El segundo gigante que causa un sinfín de problemas es la avaricia.

Ya se ha hablado y escrito muchísimo sobre este tema, pero evidentemente sigue siendo un problema muy grande para el creyente en general. Vivimos en una sociedad de consumo. La publicidad nos bombardea por todos lados mostrándonos las cosas como si fueran imprescindibles para nuestra vida. Si no las tenemos faltará el detalle que nos hará felices. Si no se tiene determinada crema no se verá joven. Si no es el televisor plasma, es un equipo de sonido que me dará satisfacción. Es urgente que se tenga un auto, y si ya se tiene, habrá que conseguir el último modelo. Y así podríamos seguir. No está mal poder superarse en la vida. Pero muchas veces se cae en la avaricia. Y este pecado no sólo es patrimonio de los ricos, sino de todas las clases sociales. He conocido millonarios dadivosos, pero también he conocido pobres muy avaros. La avaricia existe en todos los niveles y también está presente entre los creyentes. Lamentablemente es uno de los pecados menos juzgados dentro de la iglesia. Si alguien adultera, en seguida es disciplinado, pero si alguien es avaro, quizás hasta es visto como una persona que es cuidadosa con el dinero. La avaricia es un pecado que es difícil de confrontar porque, en general, falta la evidencia o no se toma tan en serio.

En realidad, el problema no es el dinero sino el amor al dinero. En el tiempo de Jesús vivía un joven que buscaba agradar a Dios, deseaba ser más agradable a Dios. Cuando se presentó frente a Jesús para saber qué tenía que hacer, el Señor lo amó. Era una persona especial que podría haber sido de mucha bendición en el reino de Dios. Pero Jesús veía que tenía un problema. Era su amor a las posesiones. Cuando el Señor le propuso que vendiera todo y se lo diera a los pobres, este joven se dio vuelta tristemente. Quería seguir a Jesús, pero el amor al dinero lo hizo imposible. Alguien dijo: “Una cosa es que se convierta el corazón de una persona, pero otra completamente diferente es que se convierta la billetera”.

El conocido autor de fábulas de animales de África llamado Paul White, relataba la siguiente historia que, lamentablemente, es la realidad de muchos creyentes. Un cazador quería atrapar un mono para su almuerzo. Tomó una gran lata, la llenó de pesadas piedras y arriba puso unos ricos maníes. Le puso una tapa con un orificio por el cual pasaba ajustadamente la mano de un mono. Luego colocó la trampa debajo de un árbol, donde estos acostumbraban estar, y se ocultó esperando el resultado. Al poco tiempo, un monito atraído por el delicioso olor se acercó con cuidado. Metió la mano, la llenó de la apetecible comida, pero ya no la pudo sacar. Vanos fueron sus esfuerzos. De mientras, uno de sus amigos le gritaba que soltara los maníes. Pero no lo quería hacer. De repente apareció el cazador. Sus amigos le urgían que abriera su mano y soltara los maníes; pero el monito no quiso. Lo último que vio fue el revoleo de un pesado garrote.

Jesús dijo enfáticamente: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt.6:24).

Si la avaricia es tu gigante, pide perdón ahora mismo al Señor y deposita todo en Sus manos.

c) El gigante de la impureza

El tercer gigante que ha destruido el testimonio de muchos creyentes es la impureza. Una estadística de Alemania dice que el 90% de los menores, entre 8 y 16 años, navegan en las páginas pornográficas de Internet. Si se sube de edad, este índice va en aumento. Aparte de la curiosidad innata del hombre, la pornografía lo lleva a un alivio fácil y afirmación masculina. En la pantalla o en las revistas, bellas mujeres están dispuestas a darles todos los gustos. Pero la repetición de la exposición a estas imágenes trae adicción, y ésta es una de las adicciones más difíciles de dejar. Guillermo es un joven criado en un hogar cristiano ejemplar. Pero en cierto momento de su vida, se fue alejando de lo parámetros que le habían inculcado sus padres. Empezó a frecuentar amistades del mundo y, poco tiempo después, estaba probando todos los “deleites” que ofrece el mundo. Hablando con él, me comentaba que había sido adicto al alcohol, a todo tipo de drogas y a la pornografía. Llegó al punto que las drogas le habían afectado seriamente el cerebro, hasta quedar sólo con un cuarto de su capacidad. En esta situación aceptó a Cristo y pudo ser libre de la adicción del alcohol y las drogas. Pero todavía estaba luchando con la pornografía. Era mucho más fácil dejar las drogas más adictivas que la pornografía.

La impureza también la encontramos entre las mujeres. En general, su problema no es la pornografía, pero sí el deseo de ser vistas y deseadas. Los diseñadores de ropa femenina saben muy bien cómo incentivar el deseo del hombre y con esto, la vanagloria de la mujer. Ropas sugerentes, transparentes y cada vez más explícitas muestran el cuerpo de la mujer. Lamentablemente, muchas cristianas se sienten orgullosas si pueden atraer las miradas de los hombres. Según nos enseña las Escrituras, la vestidura de la mujer que busca agradar a Dios debe ser “…decorosa, con pudor y modestia…” (1 Ti.2:9).

Pero la impureza no está sólo en lo que vemos y vestimos. La impureza en sí empieza con los pensamientos. Por esto, Pablo nos muestra que por medio de nuestras armas espirituales debemos estar “…llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (2 Co.10:5b). No le demos lugar a los pensamientos impuros.

El gigante de la impureza tiene que ser combatido con todas las armas. Es muy probable que no puedas lidiar solo con el asunto. Búscate un hermano espiritual con el cual puedas hablar abiertamente del tema, que no se vaya a escandalizar y que sepa guardar el secreto. Todavía mejor si tiene experiencia en aconsejar respecto a este tema. Ten presente que no sólo es una cuestión de falta de dominio propio personal. Aunque la voluntad de querer cambiar es fundamental, no lo es todo. Aparte de evitar los lugares donde se presente la tentación, tienes que buscar una mayor cercanía con Dios. Cuánto más tiempo estés con Dios, Su Palabra y la comunión con creyentes espirituales, menor será la probabilidad de caer en la tentación.

El apóstol Juan resume los aspectos con los cuales el creyente es tentado con: “…los deseos de la carne (la impureza), los deseos de los ojos (la avaricia), y la vanagloria de la vida (el orgullo)…” (1 Jn.2.16). Por lo tanto, la búsqueda del reconocimiento público, la avaricia y la impureza son dos talones de Aquiles de los cuales se tienen que cuidar todos aquellos que quieren ser siervos de Dios. Cuando hubo alguna caída en pecado de un líder, siempre ha sido en una de estas áreas. Por lo tanto, ¿todavía permites que el gigante del orgullo, de la avaricia o de la impureza maneje tu vida? Entonces sigues permitiendo una zona de conflicto porque, con esta actitud, quizás sin darte cuenta, hieras a muchas personas. Lo más triste es que todavía sigue siendo territorio ocupado por el enemigo, y con esto causas deshonra al Señor y te pierdes muchas bendiciones. Satanás hará cualquier cosa con tal que no vivamos en toda la plenitud de la vida celestial, de comunión con Dios. Debemos estar muertos al mundo para gozar de la plenitud de la vida celestial.

Recién cuando los gigantes son erradicados de nuestra vida, ésta se podrá convertir de “Ciudad de Arba” en “Ciudad de comunión, de refugio”. Ahí no sólo tendrás una comunión mucho más profunda con el Señor sino que también la tendrás con tus hermanos. Tu testimonio trascenderá, y la gente se acercará para encontrar refugio. Las almas heridas, despreciadas y con necesidad acudirán a ti, porque sabrán que serán escuchadas, valoradas y recibirán la ayuda justa. Tu vida será un lugar de bendición.

Hebrón, más tarde, fue la ciudad elegida para coronar a David por rey sobre Judá. Allí gobernó 7 años y medio hasta que fue hecho rey sobre todo Israel y pasó a gobernar desde Jerusalén. Cuando se quiten los gigantes – los enemigos de Dios – el Rey de reyes estará sobre el trono y esto será de bendición para nosotros y para los demás.

¿No quisieras ser un “Hebrón”, espiritualmente hablando? Ya sabes lo que tienes que hacer. Con la ayuda del Señor, ¡quita los gigantes de tu vida!

En el libro de Jueces dice: “Y dieron Hebrón a Caleb, como Moisés había dicho; y él arrojó de allí a los tres hijos de Anac” (Jue.1:20). Y en Josué 11:22 se nos relata que: “Ninguno de los anaceos quedó en la tierra de los hijos de Israel; solamente quedaron en Gaza, en Gat  y en Asdod”. Por lo tanto, a pesar de haberlos echado de la tierra, todavía quedaron algunos descendientes de los hijos de Anac en las ciudades filisteas. Es muy probable que el tan conocido Goliat de Gat haya sido uno de ellos.

Es una realidad que los gigantes del orgullo, la avaricia y la impureza, nunca serán exterminados por completo. Siempre estarán a la expectativa para ver si pueden volver a ocupar el territorio perdido. Alguno de estos enemigos, o inclusive todos, siempre nos estarán rondando para ver si bajamos la guardia. Todos los líderes que han caído, lo han hecho en una de estas áreas. Alguien las llamaba “las tres efes fatales”. Estas son fama, finanzas y faldas, esta última refiriéndose a la impureza sexual. Podremos tener una, dos o varias victorias, pero estos enemigos seguirán presentes hasta el final de nuestras vidas. Somos concientes que varias veces hemos fracasado en echar al enemigo. Esto nos llena de vergüenza y tristeza. Satanás conoce muy bien los puntos débiles en nuestra armadura espiritual. Pero me he dado cuenta, que las derrotas en mi vida siempre sucedieron cuando la fuerza de la fe era quitada por alguna otra cosa. Había descuidado la lectura y la obediencia a la Palabra de Dios, descuidé la oración y la comunión con  mis hermanos. Una victoria plena sólo se consigue cuando también existe obediencia absoluta a la Palabra de Dios. Caleb obtuvo una victoria absoluta porque echó completamente al enemigo y lo mantuvo lejos. Él fue el único que logró este tipo de victoria. Si leemos el libro de Josué descubrimos una triste realidad. Caleb fue el único que logró una victoria total. Los demás no podían vencer a los enemigos que quedaban en su territorio. Cuando tenían más fuerza simplemente los hacían tributarios, pero no los echaron de la tierra. Este hecho, sólo un poco más tarde, trajo tristes resultados. El pueblo de Israel fue engañado y llevado a alejarse de Dios. Como consecuencia, sufrieron muchas derrotas, deshonra e inclusive la pérdida de la posesión conquistada con tanto esfuerzo. Por lo tanto, ¡hagamos todo para que estos enemigos siempre estén fuera de nuestra vida! ¡No le demos lugar al diablo en ninguna forma!

El apóstol Pablo tenía la misma lucha. Uno de los gigantes que tenía que enfrentar en su vida era el orgullo de su renombre. Pero estuvo dispuesto a echarlo de su vida, como se nota en Filipenses 3:4-9, pero reconoce a continuación que todavía está en la lucha. Todavía no la concluyó, pero quiere llegar firme a la meta.  “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:12-14). Éste también debe ser nuestro objetivo. Ésta debe ser nuestra meta.

3. LA POSESIÓN

Por tanto, Hebrón vino a ser heredad de Caleb hijo de Jefone cenezeo, hasta hoy, por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel” (Jos.14:14).

Aquí encontramos el secreto del valor, la paciencia, la fe y la victoria de Caleb. En Hebrón, Caleb había discernido el premio del discipulado divino. En ese lugar Dios había entrado en contacto directo con su antecesor Abraham. Era el lugar de comunión, unión y pacto con Dios y como tal, el lugar de infinitas bendiciones. Para obtener esto, no importaban la lucha, la espera, las injusticias y los desprecios. Obtuvo la heredad, “por cuanto había seguido cumplidamente a Jehová Dios de Israel”.

También a nosotros el Señor nos tiene prometida una heredad. Jesucristo, antes de irse prometió: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn.14:2,3). Esta seguridad no sólo nos llena de consuelo frente a las pruebas sino que también nos anima y exhorta a varias cosas, como dice Pablo: “…pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Col.1:9b-12).

¿Te das cuenta de lo que significa? ¡No es un millonario que te da una herencia, sino Dios mismo – el dueño del universo entero y del cielo en toda su plenitud – el que te promete una heredad! ¡Entonces vivamos un discipulado acorde con esta gloriosa heredad! Entonces llegará el momento en que descasaremos en paz como fue en el tiempo de Caleb: “Y la tierra descansó de la guerra” (Jos.14:15).

Esteban Beitze

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9 Comentarios to “Caleb | Su Lucha”

  1. MARTA dice:

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  6. […] Esteban Beitze Le invitamos a que lea algunos de los artículos relacionados: Caleb | Su Excelencia Caleb | Su lucha […]

  7. Rafael dice:

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  8. Joel Perez dice:

    De mucha ministracion para mi vida

  9. Raúl Peña Ramírez dice:

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    Raúl Peña R.

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