Luces en navidad

img_0023_navidad_02bOtra vez Navidad está a la puerta. Otra vez termina un año. Es como si el tiempo volara. El salmista expresa este mismo sentimiento, cuando dice: “Porque pronto pasan (nuestros días), y volamos” (Sal. 90:10). Ya semanas antes de la fiesta, los comercios se ven transformados por las luces y los adornos navideños. En primer lugar, el objetivo es estimular las ventas, pero, sin duda, el adornar y crear un ambiente de fiesta es también la expresión de un profundo deseo interior de armonía, de un mundo sano. Navidad es la fiesta más importante del año y, a la vez, su solemne culminación. Sin embargo, pierde su sentido si, en el centro, no está el verdadero suceso de la Navidad: el encuentro con nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que se hizo hombre por amor a nosotros. Él se hizo semejante a nosotros, para librarnos de nuestra carga de nuestros pecados y reconciliarnos con Dios.

En Europa, termina en esta fecha, también, el ciclo de las estaciones. La Biblia usa este ciclo como imagen de la vida del hombre. Pedro escribe, en su primera carta, que “toda la gloria del hombre (es) como la flor de la hierba” (1 Pe. 1:24). En la primavera, las semillas brotan, comienza una nueva vida. La naturaleza se despierta y comienza a florecer. Luego, sigue el verano y pronto, también, el otoño. Las plantas dejan de florecer, y empieza su decadencia. Las tormentas otoñales contribuyen a esto. En el Salmo 103:16, leemos qué pasa con la flor del campo: “Que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más”. Job y Jeremías también usan esta imagen: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece” (Job 14:1-2). “Pasó la siega, terminó el verano” (Jer. 8:20).

 ¡Qué triste sería si no existiera Navidad! Para muchos europeos esta estación oscura, de días cortos, también trae una etapa de depresión. Se oscurece su visión con respecto al significado grandioso de la Navidad. Muchos no tienen ni idea de cuál es él. Posiblemente, usted también esté pasando por las tormentas otoñales de su vida. El libro de Eclesiastés habla de estos días malos que llegan, y de los años de los cuales decimos: “No tengo en ellos contentamiento” (Ecl. 12:1). Pero, justamente, en esta etapa de la vida, Dios quiere mostrarnos que hay algo más grande que la fiesta de Navidad terrenal. Él quiere despertar en nosotros el anhelo de la fiesta celestial. La fiesta de Navidad terrenal es como una imagen profética de la Navidad celestial. ¡Al igual que los pastores se acercaron al pesebre, en aquel entonces, en la fiesta celestial podremos ver a Jesús cara a cara, en Su gloria! En la Carta a los Romanos, Pablo habla con palabras impresionantes de este anhelo de redención y gloria celestial: “Porque sabemos que toda la creación gime a una… nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:22-23). En todo esto, Pablo tiene una profunda seguridad: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (v. 18).

Cuando, en estos días, las luces terrenales nos hacen recordar la cercanía de la fiesta, ¡cuánto más tendría que despertarse en nosotros el anhelo de ver las luces de la gloria celestial! La verdadera Luz celestial comenzó a brillar en esta tierra oscura hace más de 2000 años. Simeón lo testificó diciendo: “Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2:30-32). Y Pablo confirma: “Dios… es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). ¡Ésta es nuestra Navidad personal!

Con los más cordiales deseos de bendición, para estas fiestas, les saluda el equipo de trabajo de LlamadaWeb

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