

El tema del servicio es siempre un reto. Como seres humanos, deseamos un liderazgo seguro, pero queremos mantener nuestra autonomía. De hecho, este anhelo de autonomía está en el corazón del pecado original, ¿no es así?
Fue precisamente el deseo de autodeterminación lo que llevó a Adán y Eva a tomar el fruto prohibido. Así que, por un lado, anhelamos un liderazgo fuerte y benévolo, y por otro, tememos perder nuestra autonomía. Con ello, el tema del liderazgo y el servicio se convierte en un asunto de gran importancia para nuestras comunidades e incluso familias.
Ya hemos hablado de que estamos llamados a servir, pues Jesús fue el ejemplo del servicio (Marcos 10.42-45). En esta tensión entre liderar y servir, entre buscar lo mejor para las personas pero también escuchar sus voces, la pregunta se convierte en: ¿cómo servimos?
Una vez más te invito a examinar conmigo el pasaje de Juan 13. Jesús ya ha sentado sus bases para el servicio, ya ha definido que servir no es simplemente hacer la voluntad de aquellos a quienes servimos. El propio Maestro explicará ahora su lección objetiva en los versículos 12 a 17:
«Cuando terminó de lavarles los pies, se puso el manto y volvió a su lugar. Entonces les dijo: ¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Ciertamente les aseguro que ningún siervo es más que su amo, y ningún mensajero es más que el que lo envió. ¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica”.
Quiero destacar un par de puntos de ese texto. La primera es que Jesús sabe que su gesto dejó a sus discípulos confundidos. A menudo, al enseñar, especialmente algo nuevo e impactante, necesitamos «procesar» con nuestros oyentes lo que se ha entendido. La gente tiene interpretaciones muy diferentes de un mismo acontecimiento. Jesús lava los pies, pero no da por sentado que sus discípulos hayan entendido. Ahora va a procesar el evento con ellos.
Inmediatamente después, Jesús establece que sí, que él es el Maestro y el Señor. De nuevo, en consonancia con todo el énfasis del evangelio de Juan, Jesús afirma su identidad como Hijo unigénito de Dios. Sin embargo, como sus discípulos tenían ideas distorsionadas sobre a quién debía servir, Jesús establece con toda claridad que espera que sus discípulos sirvan como él sirvió. En el versículo 16, Jesús establece la base de nuestro servicio. Si él, como Señor, sirvió, ¿cómo podemos hacer algo diferente?
Quizá el versículo más revelador sea el 17. Jesús indica tanto que, habiendo sido instruidos, tenemos una responsabilidad, pero también que en el servicio encontramos la felicidad. Se trata de una afirmación que, una vez más, desafía los conceptos del mundo. En general, el entendimiento humano es que el que “sirve” es porque está en un estatus menor, tiene que hacerlo porque es lo que se les mandó hacer tal o cual tarea. Después están los que “mandan”, los que de alguna forma no necesitan servir, son los que tienen autoridad, están en un estatus mas elevado. La felicidad no está directamente relacionada con el servicio.
Tenemos que volver a nuestros orígenes para entender este principio. Hemos sido creados para ejercer un ministerio, es decir, un servicio. En Génesis 1.28, Adán y Eva reciben su propósito en la vida, su papel en la creación perfecta de Dios. Observe que Dios no les dio simplemente la libertad de elegir qué hacer. Miremos Génesis 1.26 al 28:
“y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo»”.
Según el escritor y expositor bíblico David Merkh, especializado en la teología bíblica de la familia dijo:
«Hay al menos tres propósitos específicos en Génesis 1.26-28 dirigidos no sólo a la humanidad, sino también a la familia: reflejar la imagen de Dios; reproducir la imagen de Dios; y representar la imagen (reino) de Dios.[1]»
Para estos fines fuimos creados. Aunque la Caída distorsionó lo que somos, no encontraremos la felicidad en otro diseño. En la medida en que comprendamos que fuimos creados por un Dios amoroso que tiene un propósito para nosotros, cuanto más nos alineemos con ese propósito, más encontraremos la paz y la felicidad.
Mi oración es que al ir en contra del mundo, seamos siervos del Padre, encontrando nuestra alegría y plenitud en ese servicio.
[1] David Merkh, Comentário Bíblico Lar, Família e Casamento, Fundamentos, Desafios e Estudo Bíblico Teológico Prático para Líderes, Conselheiros e Casais (Hagnos, São Paulo: 2019), p. 30.
Daniel Lima
Fue pastor de una iglesia local durante más de 25 años en Brasil. Graduado en Psicología, Maestría en Educación Cristiana y Doctor en Desarrollo de Liderazgo en Fuller Theological Seminary, USA. Daniel fue director académico del Seminario Bíblico Palabra de Vida durante 5 años, es autor, conferencista y ha ejercido un ministerio en la formación y mentoría de pastores. Casado con Ana Paula desde hace más de 30 años, tiene 4 hijos, una nieta y vive en Rio Grande do Sul desde 1995.