

Por Norbert Lieth
Cuando escucho este título, no pienso tanto en la hipermetropía o miopía de nuestros ojos, ni en el glaucoma o las cataratas. Sin embargo, hablando de cataratas, hace poco leí un libro sobre aves. ¿Sabías que una paloma, si tuviera la capacidad intelectual de hacerlo, podría leer un periódico a 80 metros de distancia, y un halcón, incluso a 100 metros? Las aves tienen una visión completamente diferente y, por tanto, pueden reaccionar de forma distinta.
En este punto quisiera detenerme en nuestra miopía espiritual, de la que todos sufrimos en mayor o menor medida. El filósofo danés Soren Kierkegaard escribió: “Al igual que el médico debe decir que tal vez no hay una sola persona viva que esté completamente sana, también hay que decir (…) que no hay una sola persona viva que no esté un poco desesperada, que no esté preocupada en un rinconcito de su corazón, que no sienta la carencia de paz y de armonía, que no tenga miedo de algo desconocido, miedo a la misma existencia o miedo a sí misma”.
Lo que necesitamos en estas situaciones angustiantes es una buena visión más allá de las circunstancias.
Job pasó por una tremenda tribulación. Su historia puede ayudarnos a mirar hacia el final. Al principio no podía entender su sufrimiento, tampoco a Dios ni al mundo. No encontraba respuestas, nadie podía ayudarle y empezó a desesperarse. Entonces, cuando Dios se le reveló, llamó su atención precisamente sobre un ave. Le habló del águila y le dijo: “…sus ojos observan de muy lejos” (Job 39:29).
Un águila o un buitre pueden ver ocho veces mejor que el hombre. Distinguen a un ratón a tres kilómetros de distancia. Esto sería comparable a poder leer el texto de un periódico a 150 metros de distancia.
En esta lección pastoral, Dios le hace comprender a Job —y el mensaje es también para nosotros hoy— que necesita una nueva perspectiva, que sufre de miopía espiritual; que hay que mirar lejos, enfocarse en el final, en el objetivo que Dios persigue con las cosas que permite en nuestras vidas.
Dios da la capacidad de orientación a las aves migratorias, les da un camino y una meta. Tras miles de kilómetros, aterrizan con una precisión milimétrica. ¿Confiamos en que el Todopoderoso nos llevará al destino también a nosotros?, ¿aunque el camino hasta allí sea doloroso y desconocido?, ¿tenemos esta perspectiva amplia?
Job confesó más tarde: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5).
La Biblia nos dice: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria, no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:17-18).
Los que solo miran a la tribulación sufren de miopía. La Palabra de Dios atestigua que el sufrimiento es pasajero. Pero, ¿cómo puede entender esto alguien que lleva 50 años sufriendo el mismo dolor y las mismas limitaciones? —esto solo es posible con una visión que llega lejos, que ve la gloria que vendrá después, la cual será infinita.
Por eso estamos llamados a mirar no solo lo que es visible y temporal, sino lo que (todavía) no es visible, porque es eterno: a Jesucristo.