
“Apacentando Moisés las ovejas (…) llegó hasta Horeb, monte de Dios”.
Éxodo 3:1

Un encuentro con Dios siempre tiene consecuencias revolucionarias. En el encuentro decisivo que Moisés tuvo con el Señor, nos preguntamos en primer lugar: ¿A quién encontró el Señor aquí?
– A aquel que se había calmado. Moisés se había vuelto pastor de ovejas. ¿Existe una ocupación más tranquila? Todo estaba sereno. Dentro de él, y a su alrededor, todo estaba en calma. Para eso Moisés necesitó de cuarenta largos años. Y ahora estaba maduro para encontrar a Dios.
– Al sincero. Moisés y las ovejas formaban un todo; se entendían mutuamente, caso contrario no hubiese podido aguantar tanto tiempo en medio de ellas. En esto reconocemos su autenticidad, pues Jesús dijo más tarde: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”, y “Mis ovejas oyen mi voz”. Moisés se había vuelto sincero. Esa también es una condición para que el Señor nos pueda encontrar.
– Al desilusionado. Moisés era un hombre desilusionado de la vida. Sus esfuerzos por liberar a su pueblo de la esclavitud no solo habían sido en vano, sino que además tuvo que huir y se escapó hacia el desierto. Mas Dios lo encontró allí y le dio una nueva tarea a su desilusionado siervo.
Win Malgo



