
“El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”.
1 Pedro 2:22-23

En la cruz del Calvario tuvo lugar la más completa e inconcebible renuncia, cuya profundidad nunca conseguiremos sondear, pues fue allí donde los pecados de todas las personas de todos los tiempos fueron colocados sobre Jesús. Eso no sucedió de forma simbólica o teórica, sino que fue la terrible realidad: el castigo de todos nuestros pecados fue colocado sobre Aquel que no tenía pecado. Sin embargo, es precisamente ahí donde vemos al Hijo que quedó sin derechos, que fue ajusticiado, para llegar a ser la justicia perfecta de Dios para nosotros. ¡Qué misterio tan extraño! Ahora, aquí se diseñan perspectivas aún más gloriosas: cuando contemplamos admirados las consecuencias de Su renuncia y las bendiciones que alcanzan a todo el mundo, el Espíritu Santo nos motiva a seguir al Cordero también en este sentido. ¡Entiéndelo, hijo de Dios! Si el Señor te dice: “Serás bendición”, entonces eso quiere decir que asumas la naturaleza de la renuncia de Jesús, a tal punto de estar en condiciones de testificar: “Como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, mas he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo”.



