
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.
Mateo 11:28

¿A quién debemos ir? ¡A Jesús! Eso quiere decir que debemos aceptar Su invitación, la cual tiene validez hasta el día de hoy. Tal vez te preguntes: ¿Tiene validez esto para mí? Sí, pues Él dice: “Y al que a mí viene, no le echo fuera”. Cristo no solamente te convida a que vayas a Él, sino que Él también viene hacia ti. Cierta vez, cuando el Salvador pasaba por donde se encontraba el estanque de Betesda, vio a un paralítico que en su desesperación había permanecido allí durante treinta y ocho años, y le preguntó: “¿Quieres ser sano?”; el paralítico respondió con espanto y resignación: “Señor …no tengo quien me meta en el estanque”. En seguida, Jesús le dio una respuesta maravillosa que lo liberó de su desesperación: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. ¿Por qué le preguntó Jesús a ese paralítico si quería ser sanado? Ya que el Hijo de Dios nunca dice una palabra de más o de menos, debe haber tenido una razón bien específica y profunda para formular esa pregunta. Y de hecho fue así: el cuerpo de este hombre estuvo paralizado por mucho tiempo debido a que su espíritu se había manchado y paralizado por su pecado. ¿Cómo sé yo esto? Lo deduzco por las palabras que Jesús le dijo más tarde en el Templo: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor”.
Por Wim Malgo



