
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. Filipenses 4:6

Albert Einstein, el físico alemán y “padre” de la teoría de la relatividad, premio Nobel en el 1921, apasionado defensor de la justicia y la paz, es considerado el “gran hombre del siglo 20”. Trabajaba en Nueva York, pero vivía en Princeton, una pequeña ciudad a pocos kilómetros de Nueva York. A diario viajaba en tren a su trabajo. Una noche, arribado ya a la estación ferroviaria de Princeton, se le acercó un niño que evidentemente lo estaba esperando. Tímidamente, le pidió al famoso erudito que le explicara un problema matemático. Einstein, pese a que estaba cansado de la larga jornada laboral, se sentó en un banco de la estación y le explicó al chico el problema de tal manera que lo comprendiese. ¿No es conmovedor? Este genio intelectual junto a un niño sobre el banco de una estación de tren para ayudarle en una cuenta matemática. ¡Mucho más maravilloso todavía el amor del divino redentor! A través de Él, el gran y todopoderoso Dios del cielo se volvió un Padre maravilloso para quienes hemos sido comprados por sangre. ¡Nada le es imposible! Aquel, cuyos medios y caminos no tienen límites, nos ama con un amor que no varía. Él siempre está al alcance de la mano, siempre está dispuesto a escucharnos. Acerquémonos a Él con plena confianza, con la libertad que siente un niño con su padre, pero también con un gran respeto. Llevémosle nuestros problemas, sean del tipo que fueran, y tengamos por seguro que Él nos responderá conforme a su perfecta sabiduría. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7).
Por: Jean Mairesse




2 Comments
GRACIAS al SR. POR PERMITIRME LEER…ESTE MENSAJE.DIOS LES BENDIGA A USTEDES!!!
¡Gracias Teresa por su comentario!
Es de mucha bendición para nosotros
¡Esperamos que todo el material de la página le sea de edificación para su vida!
Un afectuoso abrazo en Cristo.
Daniel Olivera