
“Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes”.
1 Tesalonicenses 2:13

Muchos niegan que la Biblia sea realmente la Palabra de Dios, pero inventar las palabras y los hechos de Jesús seguramente hubiera sido imposible, pues muchos de sus discípulos todavía vivían, y esas mentiras hubieran sido descubiertas inmediatamente. Los discípulos de Jesús tampoco podían permitirse imprecisiones (ni que hablar de tergiversar la verdad), porque inmediatamente hubieran sido descubiertas por quienes los querían inculpar de falsas declaraciones. Para los judíos y romanos, quienes estaban familiarizados con la vida de Jesús, esto hubiera sido pan comido, ya que querían deshacerse de esta nueva religión. Por esto, no es casual que las afirmaciones sobre las falsificaciones de la Biblia, los hechos y palabras de Jesús, recién aparecieran siglos más tarde, cuando los testigos de Jesús ya no vivían. Un ejemplo: todas las personas que me conocen dan fe de que soy zurdo. Dentro de 100 años, cuando ninguno de estos testigos siga vivo, alguien podría afirmar que yo era diestro. Se intentará justificarlo valiéndose de una fotografía donde aparezco con un escarbadientes en la mano derecha. Ya que no hay nadie que pueda rectificarlo, esta afirmación será tomada como verdadera. La demostración parece ser contundente. Aquel que duda de la Biblia, no lo hace basándose en conocimientos científicos o arqueológicos, sino más bien en razones ideológicas. Tal como dice el dicho: “Lo que no debe ser, tampoco puede ser”. Cualquiera que se ocupe objetivamente y sin prejuicios en escudriñar la Biblia, solamente puede llegar a una conclusión: ¡La Biblia es verdad!
Por Thomas Lieth