
“Mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.
1 Corintios 6:11

La persona que ha aceptado a Jesús es justa y pura delante del Señor por su nuevo nacimiento. Sin embargo, el mismo Pablo, que escribió el texto que se cita arriba, dice: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”. ¿Es eso una contradicción? ¡No! Pablo enfatiza en 2 Corintios 4:7: “…para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. Como hijos de Dios, vivimos constantemente en medio de esta tensión. Por un lado, somos confrontados diariamente con el hecho de que en nosotros no hay ningún bien y, por el otro, está a nuestra disposición el superabundante poder de Dios. ¿Pero cómo es que ese superabundante poder del Señor se activa en nuestras vidas? Por medio de la fe y la obediencia. Cuanto más tentados somos y más confirmamos la victoria del Señor en la tentación, por medio de la fe y la obediencia, tanto más el Padre es alabado y glorificado. Caso contrario, ¿cómo podríamos experimentar la realidad de la victoria de Jesús si la presencia del pecado estuviese lejos de nosotros? Aun así, pese a que la carne es pecaminosa, nos gozamos ante al enemigo diciendo: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Esta es la verdadera batalla de la fe, y quien participa de ella, un día será coronado.
Por Wim Malgo



