
“Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”.
Gálatas 5:18

¿Por qué, en el caso de muchos creyentes, pasa mucho tiempo antes de que el Espíritu Santo tome poder de forma clara sobre sus vidas? Existe una enseñanza en la política que nos ayuda a poder entender mejor este asunto. Muchos gobiernos no tienen libertad de acción ya que, en dichos países, no existe un partido político que represente a la mayoría. Y en la vida de muchos hijos de Dios, el Espíritu Santo nunca tomó poder en sus vidas porque en su corazón no existe una “decisión por mayoría” a favor del mismo. Existe una desarmonía interior que surge porque hay diferentes fuerzas que disputan la hegemonía en la vida de esa persona. Dichas fuerzas pueden ser el orgullo, la envidia, la manía de querer siempre tener la razón, lo caprichos u otros vicios oscuros que intentan asumir el dominio de su vida. El Espíritu Santo no es un gobernador violento. Él quiere gobernar, pero cuando dudamos, se retrae. Cuando el Espíritu Santo no puede dominar el corazón de un hijo de Dios, eso no conlleva tan solo una desarmonía interior, sino que deja también secuelas exteriores. Por eso, su vida de fe es una lucha constante —eso es visible en muchos hijos de Dios—. El discipulado llega a ser un gran esfuerzo para ellos, y eso es precisamente lo contrario a lo que el Señor quiere darnos. Cuando el Espíritu Santo gobierna una vida, entonces el discipulado no es una obligación, sino una gloriosa bienaventuranza.
Por Wim Malgo



