
“Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman”.
1 Corintios 2:9

En las Sagradas Escrituras, la Iglesia de Jesús es presentada en una doble magnificencia. Por un lado, como el cuerpo de Cristo y, por otro, como templo de Dios. La verdadera gloria del miembro de la Iglesia de Cristo es tan grande e inconmensurable que solo a través de una ilustración podemos llegar a hacernos una idea de lo que el Señor quiere expresar al decir que somos Su cuerpo y Su templo. La gloria en sí no puede ser descrita. En el Nuevo Testamento encontramos siete parábolas que se refieren a una boda. En ninguna de ellas aparece la esposa, ni es mencionada. La misma aún permanece oculta. ¿Por qué? Porque la esposa del Cordero recién será revelada ante el Tribunal, luego del arrebatamiento de toda la Iglesia de Cristo. En ese instante se resolverá quién forma parte, en realidad, de la esposa del Cordero y quién no. Los postreros, por cierto, también recibirán la vida eterna, pero experimentarán ciertos “daños”. ¿Cuáles? Precisamente, el no ser parte de la esposa —ya que ellos no pertenecen a la esposa del Cordero—. No en vano la esposa es revelada recién en el último libro de la Biblia: “…como una esposa ataviada para su marido”. En vista de tal gloria, deberíamos preocuparnos en luchar de tal forma que seamos parte de Su esposa.
Por Wim Malgo



