
“¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado”.
Lamentaciones 3:39

Existe una línea muy delgada que separa el lamentarse por un sufrimiento por el cual pasamos de quejarse por causa del pecado. Es algo muy triste cuando, como creyentes, nos quejamos por algo malo que nos sucede —es así que pasamos del lamento a la queja—. Con nuestras quejas no hacemos otra cosa que negar las claras afirmaciones de las Escrituras, como, por ejemplo, Romanos 8:28: “…y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. Si usted se detuviera a pensar en las cosas buenas que el Señor le dio y en las bendiciones que surgieron de las aparentes “catástrofes”, la alabanza al Padre fluiría de sus labios. Le pedimos al Señor que fluyan ríos de agua viva de nuestras vidas, pero al mismo tiempo, no estamos dispuestos a aceptar que el lecho del río deba ser cavado de forma más profunda. La situación de dolor en la cual tal vez te encuentras en este momento, provocará gloriosas corrientes de bendición si tú comienzas a agradecer al Señor inmediatamente. Si estás pasando por un largo período de abatimiento, sin duda estás delante de un enriquecimiento de tu personalidad espiritual. Por eso, aprende a practicar lo que dicen las Sagradas Escrituras: “Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.
Por Wim Malgo



